HISTORIA DE DOS - Carlos Jaime Noreña
- Carlos Jaime Noreña
- 17 may 2022
- 3 Min. de lectura
La sombra.
Se conocieron en una fiesta, se gustaron, se dijeron piropos; él la llevó a casa, ella no quería, pero él impuso su deseo. Le pidió una bebida, ella temía despertar a la familia, pero le indicó cómo hacer todo y ella obedeció al pie de la letra. Hablaron de encontrarse de nuevo y el muchacho definió en dónde, cuándo y cómo, mientras la chica aceptaba todo con la docilidad de una sombra. Nuevos encuentros, disfrute del cine, helados, cafés, cervezas, juegos, conciertos, paseos, fotos, siempre siguiéndolo como sombra; aceptando todo lo que le proponía; riendo al unísono, como si su risa fuera una sombra de la suya.
Disfrutaron intensamente besos y caricias en soledad, llevando él siempre la iniciativa, seguido por la sombra. Ante las invitaciones de amistades, ella no lo dejaba ir solo a ninguna parte, siempre tenía que estar tras él. También para las compras, preparar exámenes, ir al médico, entrenar con su equipo… El chico la empezó a llamar, cariñosamente, sombrita.
Llegó la noche de consumación del amor, decidida de común acuerdo, y ella siguió siendo su sombra; dispuesta a lo que él le hiciera, haciéndole lo que él pedía. Era una dicha para él, porque lo tomaba como pura comprensión mutua. Fue en el lugar que él sugirió, ella no conocía ninguno; él tampoco, pero los amigos hablaban de tal y cual sitio. No era cómodo ni bonito, pero les pareció magnífico para su primera aventura completa. Tampoco hicieron nada novedoso, tan turbados estaban. Se conocían parcialmente sus zonas íntimas, en particular con el sentido del tacto; el avance fue ponerlas en pleno contacto; contacto que llevó, por supuesto, al furor, pero sin salirse de lo convencional; parecían creer que había una fórmula que debía seguirse a pie juntillas y cuando terminaron, se vistieron y salieron; satisfechos, porque llegaron al culmen; frustrados, pensando que tenía que haber formas más excitantes.
Siguieron noches iguales, guardando el secreto, cada dos semanas; ¿qué iguales?: muy diferente cada una, porque buscaron (buscó él) mejores sitios; porque exploraron (guió él la exploración) diversos lugares del cuerpo, nuevas técnicas amorosas; porque salieron cada vez más satisfechos, más plenos, menos necesitados de completar; porque se atrevieron (él) a hacer la confidencia de sus escapadas a los amigos más cercanos y comparar las experiencias, pues resultó, lo que no debía ser ninguna sorpresa, que aquellos también tenían las mismas prácticas.
Tras la firma del acta matrimonial, las rutinas cambiaron: él ya no la guiaba en las “locuras”; salía solo y ella empezó a seguirlo en secreto, como la sombra que no vemos tras nosotros. Si salía a entrenamiento, lo seguía; cuando salía a algún agasajo entre compañeros; si iba a algún espectáculo que a ella no le interesaba. Se podía aguantar horas en una esquina o bajo un árbol, con tal de averiguar con quién andaba; siempre se las ingeniaba para entrar a casa antes que él.
Una vez la vio, por casualidad, reflejada en una vitrina; en otra ocasión, por el espejo retrovisor… Nunca le reclamó; sufrió en silencio, hasta que, un día, una compañera de trabajo le propuso celebrar su cumpleaños; aceptó y le sugirió a cuál bar lo podría invitar (un sitio apropiado para que aquella otra espiara a su gusto). Cogidas de mano, besos, mano bajo la falda, mano bajando el cierre, afanes y suspiros, pero no aceptó ir con ella a otro lugar; cortó como con tijera; le pareció que ya le había hecho tragar suficiente medicina a su sombra, a quien no había dejado de mirar de reojo.
Las veladas en casa siguieron siendo fingidas; los saludos, de beso frío; las caricias, sosas; sainete en la cama, insinuaciones que no pasaban a más, ocasionales reyertas con contentamiento posterior. Ella no le mencionaba nunca lo que había visto, él seguía muy fresco, como si nada hubiera pasado.
Un domingo de noche, subieron a la azotea a observar las estrellas. Mientras miraban, ella le metió mano; primera vez que tomaba la iniciativa; él, asombrado, le dejó hacer, ella lo llevó al borde y allí se recostaron; indeciso el muchacho entre disfrutar de la vista o del tacto, no percibió que lo presionaba contra la baranda y lo corría un poco más allá, como buscando cierto punto… La barrera cedió… Antes de caer al vacío, él logró asirse a una de las barras, apoyó la otra mano en su pareja… ella perdió el apoyo y se precipitó abajo. ¡Ahora sería un hombre sin sombra!
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Muchas gracias, Leonardo, por tu jugoso comentario.
Voy a repensar lo de los paréntesis; a mí me gustan mucho y me parece que, en algunos casos ponen más fuerza que las comas.
Cordial saludo.
Hola Carlos, me he leído tu relato y el ritmo es fluido salvo en esos dos paréntesis que descolocan un poco, pero es comprensible dada la naturaleza del punto de vista.
En cuanto a historia, es un tema que suele ocurrir en el aspecto sentimental-amorosa en la vida real, pero el final tiene ese factor sorpresa, algo que me gustó :D
En mi opinión considero que podrías usarlo de base para escribir una novela, y tambien podrias experimentar usando la primera persona (alternando entre el y ella) para narrar los hechos.
Saludos :D
Hola, Carlos. Al leer tu relato quedé confundido; como si no supiera si era a cerca del amor, o policiaco. La idea es buena, pero pienso que habría que replantearla mejor. Concuerdo con que el uso de la palabra “sombra” es excesivo. creo que valdría la pena buscar sinónimos. También noté el uso de demasiados gerundios, como ya te indicaron. Esto es solo apreciación mía. Enhorabuena y mucha suerte. Un abrazo.
A BERUMEN (3)